El nuevo rey Midas

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Llevo 18 años de fotógrafa y nunca he podido dominar el Photoshop, confieso que soy pésima, y que cada vez que le quiero quitar una arruga a alguien, termina como cíclope. Desde hace más de cinco años empecé a tomar fotos con mi teléfono y me di cuenta de que con el celular podía probar a hacer de todo, no era trabajo, era libre de jugar con las imágenes a mi gusto; ya si alguien quedaba como cíclope no había bronca, era arte. Ay, si ajá.

Entonces me compré mi iPhone ¡wow, qué maravilla! descubrí que había aplicaciones para tomar fotos, como Hipstamatic y Camera+, me divertía tanto, que estaba obsesionada buscando y comprando apps, fue así como encontré Instagram.

Mi amor por Instagram fue a primera vista, lo nuestro empezó en 2010, y hasta la fecha no ha dejado de maravillarme. A muchos, como a mí les apasiona, otros no lo tienen, ni lo quieren y ni se los menciones que se ponen muy mal de sus nervios (detractores malditos).

Hay una gran discusión sobre si todos los que toman fotos con sus celulares y las suben a Instagram son fotógrafos. Obviamente no todos los son, aunque muchos piensan que sí (ups, ¿lo dije o lo pensé?) Pero por lo menos yo he descubierto a muchísimos Igers maravillosos en esta red, tan buenos que los dejarían con la boca abierta. Estoy convencida de que si esas personas, ingenieros, amas de casa, abogados, hubiesen sido fotógrafos, serían extraordinarios; muchos de ellos tienen un gran talento.

La controversia gira en torno a que las imágenes que vemos en esta red están manipuladas, pasadas por filtros o retocadas con aplicaciones. La verdad, muchas sí lo están, pero no le veo lo malo; al contrario, es una herramienta más para crear. De igual manera si la imagen es mala, ni con 50 filtros va a mejorar. La fotografía, en Instagram o con la mejor cámara profesional, es algo que nace del alma, se siente o no se siente, y no mejora con ninguna aplicación.

Con la fotografía móvil puedes documentar una historia, hacer retratos, videos o hasta algo más conceptual. Estamos en la era multimedia, debemos y podemos mezclar distintas disciplinas para producir grandes proyectos. Hay mucho que hacer y lo mejor es que hay un amplio público para promover nuestro trabajo.

A todos los colegas que critican Instagram, lo descalifican, o ni siquiera lo usan, les digo esto: sólo muestran inseguridad ¿Qué importa lo que están haciendo los demás si lo tuyo es excelente? Entonces, déjalos ¿Qué tiene de malo usar la tecnología a nuestro favor? Nada ¿Por qué no abrirnos a nuevas formas de expresión, de creación? Hay que olvidarnos de miedos y lanzarnos a lo desconocido, ahí es donde más aprenderemos; hay que arriesgarnos, experimentar, echar a volar la imaginación. No luchemos contra lo nuevo. Aprovechémoslo a nuestro favor. Hagamos y deshagamos. Inventémonos y reinventémonos.

Si, los de mi generación empezamos con lo análogo y hemos pasado por varias transiciones que ha vivido la fotografía, pero eso no significa que debamos seguir atrapados en los ochentas. Podemos con esta generación y las que vienen. Nosotros somos como el rey Midas y todo lo que tocamos lo convertimos en oro.

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Mi vida en Instagram

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Realidad, no me engañes

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Ah l’amour (violines de fondo, por favor), qué lindo es el amor, shalalá, pero qué duro es cuando te das cuenta de la realidad, cuando te botan o cuando descubres la verdad sobre la persona con la que estás. Y a llorar se ha dicho.

Recuerdo a Marco, mi primer amor ¡ay qué tierno! Cuando empezó nuestro noviazgo éramos muy jóvenes, creo que ninguno de los dos sabía qué quería, dudábamos de todo pero nos sentíamos enamorados. Todo lo veíamos prefecto, como de película, (así lo veía yo) cuando en realidad cada uno tenía sus defectillos, aunque nada grave. Aquí aplicaba la famosa frase de “el amor es ciego”, y literal lo era. Tan ciego que sólo veíamos lo que queríamos de la otra persona. Necesitábamos unos lentes 3D para mirar la realidad. No me puedo quejar, la relación con Marco, duró suficiente tiempo como para darnos cuenta de que no éramos el uno para el otro y…terminar con el corazón roto.

Al final de la universidad conocí a otro espécimen finísimo, al cual ni nombraré, que me bajó el cielo y las estrellas. No, no, no, este era una fichita, amo y señor en el arte del engatusamiento, manipulación y chantaje. Citaba a Nietzsche: “Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños”; me decía: “No soy tuyo, somos libres”. Yo ponía cara de “ Wow, qué profundo”; este era el pretexto perfecto para salir con otras, hacer y deshacer. No tardé mucho en descubrir su romance alterno y ni modo, terminó la relación. Cof, cof, también me rompió el corazón.

Luego llegó el señor Rey de la infidelidad, yo le creía todo, bueno casi todo. Yo vivía mi propia fantasía, juraba que él me amaba y que cambiaría, que se daría cuenta de que yo era la mujer ideal para él (¿Cómo no lo noto, si soy tan encantadora?), pero él también se engañaba queriendo engañarme a mí y a las demás. Al final, estaba más que convencida de que no iba a cambiar, que tenía un mega corazón, tanto amor, que le alcanzaba para varias. Debo aclarar que en esta relación yo fui la culpable por aguantar y aceptar sus términos. Hasta las letritas chiquitas estaban muy claras. Yo misma me engañaba. Pero no se preocupen, no me quedé con él. Si, también me rompió el corazón.

Dirán que estoy bruta o ¿por qué escogía a tipos así? Ni bruta, ni nada, sino todo lo contrario. Un buen día me di cuenta de que buscaba algo que ellos no tenían. Y yo no tenía lo que ellos necesitaban. Vivíamos una realidad fantasiosa. Suena bien ¿no? Pues no, no era nada padre, porque era una sufridera al puritito estilo Libertad Lamarque.

Pero el cielo se abrió y vi la luz. Si, encontré a mi media naranja, jugosa y dulce. Pero esa será una historia para otro día. Una historia realmente real.

Life is just a dream

Ad triarios ventum est

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(La tercera es la vencida, en latín, para que se oiga más rimbombante)

Todas las veces son la vencida, para mí así lo ha sido, así es la vida. Prueba tras prueba, error tras error, esperándola; me refiero a lograr un propósito, a vencer, a lograrlo. No creo que la tercera sea la vencida, yo la he logrado a la segunda, a la quinta, a la sexta. Solo tres oportunidades suena vacío, hay que ir por más. No creo que el destino nos depare algo especial, nosotros trazamos el nuestro y puede ser más especial aún.

Cuando tenia cinco años quería ser Miss Universo. Antes de que me juzguen entiendan que mis padres veían el canal 2, nos chutábamos todos los certámenes de belleza que pasaban; en aquel entonces era como ver la final del Mundial, todos atentos y comentando hasta el último detalle. Yo, como inocente criaturita que era, creía que ser Miss algo era el máximo fin. Y miren, no lo logré, más bien cambié de parecer como a los seis meses. Aunque si me lo hubiese propuesto, seguro lo logro. Que no quede duda.

A los ocho años quería ser doctora, soñaba con la bata blanca, el estetoscopio y toda la indumentaria médica, muy cliché (seguro a mi marido le encantaría verme con ese look. OK, no). En cuanto supe que tendría que ver sangre, tripas e intestinos, desistí. No aguanto nada, con tantita sangre me desmayo; ni la mía tolero. Adiós, Medicina.

Luego pasé a secundaria. ¡Aaaaah! La secundaria. En esa época soñaba con ser física-química, hasta la fecha no entiendo de dónde nació el amor por esta profesión si yo era una burrolas y, obviamente, no triunfaba en esas clases. Este amor me duró como dos meses. Fue un romance muy corto.

Se acercaba el tiempo de la decisión final. Y yo cambiaba de parecer cada año. En preparatoria mi pasión número uno era la lectura, me encantaba leer libros y recomendarlos. Leía de todo, desde las historias de amor que tenía mi abuelita en su closet, Bianca, Julia, Jazmín, hasta Herman Hess. Entonces quise ser escritora y, claro, no había escuela en Mexicali para eso. Así que me decidí por Comunicación. Estaba de moda, qué quieren. Ya sé, somos muchos.

No me convertí en escritora, ni en periodista, ni en cuentista, ni en cronista ¿Cuenta que ahora sea bloguera? (aplausos y risas de fondo). Confieso que me encantaba que mi abuelo pensara que iba a conducir un noticiero como Jacobo Zabludovsky o, de perdis, iba a ser la Lolita Ayala de Mexicali, cosa que tampoco sucedió. Al final terminé como fotógrafa; déjenme creer que, como dicen por ahí, escribo con luz.

La cosa es que la tercera no fue la vencida. La vencida fue cambiando con los años y al final terminó en lo que yo quise y amo ser: fotógrafa.

Abracadabra (o algo así)

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Quisiera perderme por unos momentos. Desaparecer y que nadie pudiera tener acceso a mí. Imposible. En esta época tan tecnológica ya no tenemos privacidad, paz, tranquilidad, un minuto de silencio, nada.

Me pone muy mal que los chavos ya no pueden vivir sin iPod, iPad, iPhone, Facebook, o lo que sea que tenga internet. ¿Los jóvenes? Más bien desde los niños hasta los abuelitos; en donde sea que estés te localizan, te llaman a tu casa, al celular o te mandan mensaje, cualquier cosa. Y si no contestas en el instante en que te están buscando, empiezan a mandarte otro mensaje, otro, otro, otro, otro, hasta que les contestas, o qué tal el típico que marca y cuelga, marca y cuelga.

También está el que pone en Twitter: “Que alguien le avise a @grace_arteluz (o a la persona stalkeada en cuestión) que la estoy buscando”. Noooooo señores, no insistan. No se pongan mal. La persona los buscará cuando deje de hacer o de no hacer lo que está haciendo (valga la triple redundancia).

Estamos de vacaciones y mi esposo no suelta el celular, está conteste y conteste mensajes, mails, etcétera, por si pasa algo del trabajo. Yo pienso: ¿Qué no son “vacaciones del trabajo”? y yo sigo pegada pendiente de tuitear sobre Diarios en tacones o escribirles esto. Y el hijo número uno debe mantener contacto con la novia a toda costa. (Y eso que esperé lo más que pude para darle iPhone) y…y…siempre hay algo urgente que decirle a alguien.

¿Dónde quedaron los tiempos en los que hasta que se acababan las vacaciones y llegabas a tu casa sabías del mundo? Ya no existe, ora si que ya estoy vieja y como diría mi abuela: “Esas cosas que son del diablo” Na’más me tienen vigilada ¡Ash!

En fin, literal ¿Ahora cómo le hago para descomunicarme?

Aviso: si no contesto en Twitter es porque no estoy conectada, si no contesto en Facebook es porque no he entrado. Si no quiero chatear apago el Whatsapp. Si quiero dormir apago el celular; si no contesto, no es personal, sólo quiero una hora sola.

¡Abracadabra! ¡Pum! Desaparecí.

Fuera de control

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Cada vez que me subo al carro, algo muy extraño se apodera de mí, es como si me convirtiera en el Demonio de Tazmania, me pongo loquita, loquita. No crean que ando echando lámina a todo el que pasa junto a mí, ni rebasando, ni pasándome los altos; soy muy respetuosa de las reglas de tránsito, sólo miento madres en voz baja para mí… claro, y para mi copiloto y para el que va sentado atrás y el que va junto: “Si, Mazda, párate en doble fila”, “A ver señora ¿por qué no cruza en la esquina?” “Guey, si marco la direccional es porque necesito cambiarme de carril”, y así hasta el infinito, cada 10 segundos.

Justo hace unos días cuando salí de mi casa, a cada tres metros había un auto en doble fila, entonces se me ocurrió hacer una cuenta de Twitter para balconear a todos los que me hacen la vida imposible (y no, no quiero que me abran el paso, sólo quiero que respeten las reglas). Pensé: por lo menos les tomo fotos a sus carros y a sus placas, las subo a Twitter, y que el mundo se entere de sus gracias. ¡Ay, son tan simpáticos e inteligentes!

Hoy cambié de parecer: saliendo de una agradable y feliz comida, al despedirme de mis amigos, crucé la calle para preguntarle algo a una de las personas que me acompañaba; en ese momento, venía un carro dando la vuelta a lo lejos, el conductor me vio y en vez de pasar tranquilamente, aceleró con ganas de asustarme. La persona con la que hablaba se asustó porque el coche casi me arrolla, y le gritó: “¡Frena, pendejo!” En medio segundo el tipo frenó en seco, se bajó enfurecido del carro (media como 1.90 y estaba grandulón), obviamente, mi amigo también se bajó del suyo y enfrentó al tipo. Por otro lado llegó otro amigo mío, y se dieron con todo los tres; por suerte, el tipo salió huyendo cuando vio perdida la batalla.

Me asusté horrible, no sólo por el pleito, sino porque éramos muchos los que habíamos ido a la comida y veníamos con niños. Me preocupó que el tipo trajera un arma, que fuera por amigos y regresara, pero más que nada que mis hijos pudieron haber estado en peligro. En esos momentos todo pasa por tu mente, ya no vivimos en 1980, ahora no sabes con quién te enfrentas, qué problemas trae, si es narcotraficante o si simplemente un loco con un arma.

Esto fue una lección para mí. No vuelvo a tocar el claxon, ni al que me aviente el coche, se pase el alto o lo que sea. Creo que llamarles la atención a mi modo no resuelve nada. Las autoridades están para hacer que la ley se cumpla; si, ajá, pero no hacen nada; yo no pienso poner en ningún tipo de riesgo a mis hijos. ¿Pensamos que tenemos todo bajo control? No, esto es un caos. Es la ley de la selva. Y en esta jungla, nosotros sólo somos las ardillas.