Villa y mis bisabuelas

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Corría el año de 1910, y José Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa, ya andaba de bandolero apoderándose de bienes ajenos.

En esa mismísima época, mi tatarabuelo, don Hilario, un terrateniente de Chihuahua, enterado de las andanzas de Pancho Villa, temía por su familia, por lo que decidió ir a El Paso, Texas, a comprar armas para defender su hacienda. ¿Cómo iba a saber don Hilario que justo cuando partió buscando protección, Pancho Villa iba a llegar a su casa, donde sólo estaban su mujer y sus tres hijas? Una de las hijas, era mi bisabuela, doña Josefa Antonia.

Villa, obviamente iba por la propiedad y lo que pudiera robar, como de costumbre. La hija mayor, María Guadalupe, se negó rotundamente a entregar la casa y como consecuencia a tal atrevimiento, la arrastraron a la fuerza hasta el sótano, la amarraron en una silla y la bañaron con gasolina para quemarla, pero no hallaron cerillos. Así que la desataron, la obligaron a buscar fósforos para su propia muerte; los encontró, los encendieron y se los lanzaron. No se cómo, ni por qué, pero llegó ayuda; Villa y sus secuaces huyeron y la dejaron prendida, quemándose (¡malditos infelices!), no sin antes matar de un tiro a la otra hermana. Quedando como sobreviviente mi bisabuela Josefa Antonia o como le decían sus nietos: Toñita.

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Mi bisabuela Josefa Antonia

A pesar de que llegaron a rescatarlas, no lograron salvar a la hermana mayor. María Guadalupe, mientras aún estaba viva, sufriendo y asustada, estaba más preocupada por su hermana menor que sólo tenia 15 años y quedaría sola. Antes de morir, le rogó que prometiera casarse con don Vicente Aldrete que estaba enamorado de ella y tenía negocios en Estados Unidos; él era quien la podía proteger de toda la revuelta que pasaba en Chihuahua y en el país.

Josefa Antonia era joven, bonita, y ya tenía un novio del que estaba muy enamorada. Y ahora se tenía que casar con un señor de 40 años a quien no quería; sin embargo, le había dado su palabra a su hermana moribunda, y no le quedaba más que cumplirla. Se casó con don Vicente.

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Como don Vicente era un tipazo (eso decía mi abuela), Josefa Antonia no tardó en enamorarse de él y formar una familia.

Al pasar los años, doña Josefa se enfermó de un tumor cerebral, empezó a perder lucidez, y solicitó que por favor la visitara el párroco de la iglesia, el padre Porras. El sacerdote acudió a verla y ella, al verlo, vio a su primer amor. En su delirio, lo confundió con aquel novio al que dejó estando enamorada. Resulta que el padrecito era hijo de ese novio que tuvo en la juventud, al cual no volvió a ver nunca más. La vida le regaló en sus últimos días, el recuerdo de su amor juvenil.

Así las coincidencias, así los giros de la vida.

Pero hay una coincidencia más en esta historia: Mi otra bisabuela, Guadalupe, que no era hacendada de la región, sino un maestra de Chihuahua, asistió a fiestas a las que fue Villa, y bailó varias veces con él. Ella, cuando hablaba del caudillo, decía que era una persona simpática, le caía bien el señor. Ironías de la vida, el hijo de Guadalupe, mi abuelo, se casó con mi abuela, la hija de doña Josefa, quien odiaba a Pancho Villa.

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Mis bisabuelas juntas: Josefa Antonia y Guadalupe.

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