De esa agua no beberé

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Lo recuerdo perfecto. Era inicio del ciclo escolar, y como toda estudiante nueva (y ñoña), llegué súper temprano para conocer a mis nuevos compañeritos y, obviamente, empezar a hacer amigos ¡Carajo, qué cursi soy! Me encanta conocer gente, conocer sus historias, conversar, charlar, hablar, dialogar… y todos sus sinónimos. Así que llegué emocionadísima por lo que me deparaba esta nueva etapa (no daré fechas para que nadie se ponga ningún saco).

Llegué cual colegiala con mis libros en brazos a la dirección de la escuela a preguntar que salón me tocaba, luego salí de ahí con una amiga (de las que conocía de antes) platicando. Mientras caminábamos por los pasillos me topé a un chico extraño, tenía un aspecto de malandrín: cabello largo, ojos grandes, oscuros, expresión dura. No quiero decir que era feo, pero bueno sí, era feo, muy feo, pero con mucha personalidad (punto a su favor). No sé de dónde ni cómo pero estúpidamente las palabras que salieron de mi boca fueron: “Uy no, ¡qué hombre tan feo! nunca de los nuncas andaría de novia con un tipo como ese”. Qué superficial y boba, qué inocente, qué banal mi comentario.

Por suerte no iba en mi salón, así que no tuve el gusto de conocerlo ese año, sólo lo veía pasar en los recesos, no éramos amigos, ni un “hola” nos regalábamos.

Al siguiente año, ¡oh sorpresa, sorpresas te da la vida! Pácetelas, quedamos en el mismo grupo. Y como a mí casi no me gusta platicar, ni convivir, pues inmediatamente me hice amiga de él. Pasábamos todos los recreos juntos, charlando, riendo, hablando de cualquier tontería, que si nos gustaba la misma música, las mismas películas, los mismos libros. Compartíamos sueños, metas, aspiraciones. Intercambiábamos notitas y papelitos en el salón. Nos brincábamos las clases por seguir juntos. Meses así. Éramos los mejores amigos, y como les dije hace unas semanas, la vida me callo la boca: ¡me enamoré de él!

La que dijo nunca, cayó redondita. No solo caí redondita, me fascinaba, me tenía como idiota, y ni una flor me aventaba el méndigo infeliz. Hasta que me cansé, me puse los pantalones y me aventé al ruedo #ayquétiene. Le declaré mi amor incondicional, y rogué a los dioses del Olimpo que él sintiera lo mismo por moi. Y ¿qué creen? Claro que aceptó, si soy una cosa adorable, ¿cómo no?

Todo hubiese sido miel sobre hojuelas si el muy infeliz no me hubiera sido infiel. O sea, el maldito desgraciado, aparte de no ser muy agraciado, se daba el lujo de que las chicas le rogaran y de poner el cuerno. Cómo dice el bien sabido refrán: “Labia mata carita”.

La moraleja es que nunca digas de esa agua no beberé porque seguro terminarás ahogado en ella.

8 Comentarios

  1. La mejor amiga de mi mamá desde la infancia un día le hizo prometer que no la dejaría hacerle caso a ese muchacho flaco y feo que la pretendía. Mi mamá hizo el esfuerzo pero fue muy tarde, porque mi tía (de cariño) ya había aceptado ser su novia y finalmente, se casó con él. Formaron una familia lindísima… lo flaco y feo no se le quitó nunca a mi tío, pero fue muy buen marido y padre… la baraja de genes hizo lo suyo y los hijos les salieron bastante guapos. Así es esto…;)

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