Si somos diferentes

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Los días para salir a disfrutar a las amigas son harto valiosos para mí, cuando puedo, aprovecho y los tomo, me río, me divierto, hablo mucho, mucho, y escucho (poco pero escucho, ups). Y bueno, los hijos se quedan en manos de su papá, a quien le encanta cuidarlos, jugar con ellos y también divertirse.

Sin embargo y –aclaro– no es queja, mi celular suena por lo menos dos veces durante mi reunión. “Grace, ¿qué hay para desayunar?” “Grace, ¿cuándo y cuánto le toca de la medicina a Bruno?” Y pienso, “Caramba, hay lo que está en el refrigerador” “La medicina que debe tomar el niño es la que nos dijo a los DOS el pediatra y está escrita en la receta”. Respiro e intento ser lo más tolerante ante la situación, aunque por dentro me estoy jalando los pelos, help! ¿qué tipo de preguntas son esas? Los dos podemos hacer lo mismo, ¿no?

Este tema ha sido platicado infinidad de veces entre las mamás que sufrimos el mismo mal. Una me dijo: “Estoy muy molesta porque le expliqué todo perfectamente antes de salir de casa ¿Qué no me escuchó? ¿No me pone atención?” Otra dice: “Yo todos los días me quedo sola con los niños y si se me atora algo, no le llamó cada cinco minutos”

O la que se quejaba porque el esposo le llamaba para checar a qué hora regresaba, primero una hora antes para confirmar si en una hora llegaba, luego media hora antes para recordarle que ya faltaban 30 minutos, y 5 minutos antes para saber si ya iba en camino.

Y no quiero hablar mal de nadie, no es mi la intención, pero ¡oh, dios! ¿Somos tan diferentes? Reconozco que los hombres y las mujeres tenemos distintas virtudes y defectos. Definitivamente, los hombres no son prácticos o ven otro panorama, seguro uno muy distinto al nuestro.

Si vamos juntos al pediatra y escuchan las mismas instrucciones que nosotras, por qué al llegar a casa nos preguntan lo que ya saben; juro que no es queja, sólo quiero entender. Es una gran duda. Nada más quiero disipar mi duda para ayudar a todas esas mamás confundidas y desesperadas de este planeta.

Cuando estoy a punto de perder mi centro –como diría Olsi–, cierro mis ojitos y pienso en todo lo maravilloso que encuentro en mi querido y amado esposito, así olvido que él nomás es despistado en esas cosas (aunque lo niegue) y que yo soy despistada en todo lo demás.

Así que, señoras, sean tolerantes con esos señores que duermen junto a ustedes cada noche. En el fondo son un pan de dios. Sólo que a veces se les va el avión, y muy cañón.

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Hacer y deshacer

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La primera vez que imaginé ser fotógrafa, pensé que no lo sería. ¿Y por qué habría de gustarme? ¿La fotografía es un hobby?¿no? No, no lo es, en mi caso no.

En tercer semestre de la carrera, el maestro de foto preguntó en un examen qué haría si yo fuera la asistente de un renombrado fotógrafo. “¿Qué? ¿yo fotógrafa?” Le respondí que no sería fotógrafa, así que esa pregunta debía de ponérmela correcta.

Pasó el tiempo y como lo he dicho antes la fotografía llegó a mí, y no yo a ella. Y ha sido la coincidencia más maravillosa que el destino pudo poner en mi camino.

No ha sido fácil. Suena muy romántico pensar que, de la nada, llega la inspiración, aparece una musa y te regala esa gran idea para tomar la imagen más extraordinaria nunca antes vista. Realmente no pasa así. He tenido que esforzarme mucho y aprender de los demás aún más. Trabajar, trabajar, trabajar. Eso me ha permitido vivir un montón de cosas. Un poquito de esto, un poquito de aquello, un poquito de todo.

A veces me preparo mentalmente, otras me dejo llevar, pero siempre que trabajo me desconecto. Estoy sola con mis ideas, me aíslo para pensar en lo que quiero mostrar. Es estar y no estar. Es dejar que todo se detenga, vaya lento, pausado, tranquilo y observar.

Es conocer a desconocidos, acercarme, alejarme, esconderme, hacerme presente. Es aprender, escuchar, entender, ser empática.

Sobre todo, es ser yo para poder crear lo que veo en los demás y lo que me rodea. Es ser libre… por eso, mi amor a la fotografía. Porque me deja ser, hacer y deshacer. ¿Qué más podría pedir? Digo, ¿a cuantas personas le pagan por ser libre?

¡Gracias, destino!

México, no me llores

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Extraño las películas mexicanas de la época de oro. A Pedro Infante y su Torito, a Dolores del Río, a Chachita, a Jorge Negrete, a Luis Aguilar, a Elsa Aguirre, a Sara García. De esos dramas no queda nada.

Esta es una recopilación de las tragedias y el sufrimiento de esas historias.

Sé que de ellos aprendimos a dramatizar y azotarnos, pero aún así me duele hasta las lágrimas que mis hijos y los jóvenes de hoy no sepan nada del cine mexicano, ni de la música de aquellos años. ¡Lloremos pues!