Mi amante querido

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Sí, tengo un amor prohibido, me avergüenza aceptarlo, me avergüenza cada que lo llamo, lo busco, lo demando. Cada que acudo a nuestras citas ocultas.

Lo deseo. Lo quiero. Lo acoso. A escondidas lo tendré. Algunas veces coincidimos diario. A veces sólo dos veces a la semana; otras, lo evito.

Antes de verlo siento su presencia, su olor me envenena, me llama, me exige que no lo abandone. Su amor me hace daño, me altera, me pone a temblar, me deja ansiosa. Y siempre quiero más, más de él. Es mío.

Cuando por fin lo tengo, me envuelve en su hechizo, mis sentidos lo saborean. Lo contemplo en silencio, lo tomo en mis manos y lo acaricio, lo disfruto y me dejo llevar. Luego, sí, me arrepiento.

Trato de engañarme, de decirle por otro nombre, de llamarlo distinto, todo por tenerlo en mí, dentro de mí. La culpabilidad se apodera de mí, porque siempre me traiciono por él. Debo dejarlo. Necesito dejarlo.

Pocos comparten mi secreto, no lo aprueban, se molestan o se ríen de mí, de mi autoengaño, pero no importa, nada importa, porque estoy con él.

Él, seductor por excelencia, y yo…lo comparto con los demás. Así, simple, llanamente, amante prohibido, amante querido, cuando puedo llamarlo por su nombre, lo llamo: ¡Café!

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