Llegó la hora

La hora siempre parece que no va a llegar, pensamos en lo que queremos, lo deseamos con todas nuestras ganas y cuando llega, no sabemos ni que hacer. Así que nos aguantamos. Bueno, yo no me aguanto porque cuando deseo algo, lo deseo con todas mis ganas y trabajo para lograrlo.

Así me pasó cuando decidí venirme a vivir al DF, tenía harto miedo, me temblaban las piernas y casi lloraba, pero me armé de valor, me puse los pantalones y salí de Mexicali hacia tierras chilangas y aquí sigo en esta gran ciudad. No me comió, no me pasó nada –pese a los pronósticos de los demás- llegué, me instalé y a trabajar. ¡Gran decisión!

Luego vino la fotografía, ¡Hijole! de verdad me sentía insegura, juraba que era lo más díficil del mundo, “¿Cómo calculas la exposición?”, “¿Qué velocidad necesito en este momento?”, “¿Cómo voy a tomarle foto a alguien famoso?” pensaba. Pavor, tenía pavor. Pero me lancé a los eventos, cada que veía a un fotógrafo no temía en preguntar “¿Y esto para qué es?” “Me explicas por favor”, y así preguntando y arruinando fotos, aprendí. Aprendí a confiar en mi, aprendí a ser humilde y aprendí la mejor profesión del mundo: la fotografía. Si no lo hubiese hecho, seguro estaría detrás de un escritorio y muy amargada por no haber hecho lo que quería.

Después llegó la maternidad, ¡Ah, la maternidad! Que cosa más hermosa y más atemorizante, que miedo saberte responsable de un ser humano, eso, responsable de alguien más. Recuerdo perfecto el día que fui por los resultados de embarazo, era una gelatina andando, ansiosa, nerviosa. No sabía ni qué resultado quería leer, creo que esa es la vez que más asustada he estado en mi vida. Abrí el sobre, leí y ¡zas! Sí estaba embarazada y pensé “Ora si, ¿qué voy a hacer?” me trague todos mis miedos y enfrenté mis actos; decidí tener a mi bebe. Otra gran decisión, sino es que la mejor. Y miren, lo he hecho muy bien y no quiero echarme porras yo solita pero ese hijo mío, es un tipazo, noble y maravilloso.

A los años conocí a Efraín, y bueno después de un tiempo de ser noviecillos, decidimos casarnos, ¡Uff!, sentía una gran felicidad, y al mismo tiempo pensaba en lo que podría pasar, otra vez las dudas “¿Y si me deja?”, “¿Y si se da cuenta que estoy loca?” Que soy una histérica, controladora, maniática. Dudaba de todo; de nuestra convivencia, de que me aguantara, de poder hacerlo feliz o él a mi ¡chin! Maldita incertidumbre. Pero el amor valía más la pena y yendo contra corriente nos casamos. El resultado: la pareja perfecta (¡Ay! si, ¡Ay si!, pues sí, fijense). Soy feliz y creo que él también –bueno eso me dice-.

Así que cuando deseen algo desenfrenadamente y llegue, no la piensen, tomen el toro por los cuernos y aviéntense al ruedo, las gratificaciones son mucho más grandes que quedarse ahí sentado viendo cómo se nos va de largo la oportunidad, por no decir cursimente: La felicidad.

2 Comments

  1. Gracias por compartir, Grace. A todos nos toca el momento de la incertidumbre y un sinnúmero de emociones derivadas de la inseguridad, el miedo y/o la ansiedad. Pero al fin y al cabo, al salir de esa zona cómoda es como crecemos. Te felicito por haberte “aventado” al cambio.

    Y por cierto, me gusta tu foto de esta entrada con tu pasaporte, zapatos y otros. De alguna manera ellos dicen algo acerca de la persona que los posee.

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