Prefiero el hostal

Mi pasión es viajar, bueno una de mis tantas pasiones porque ya no se que amo más. Viajar me ha permitido experimentar de todo, no sólo culturalmente sino experiencias de vida que te dejan huellas y aprendizaje. Como les decía en mi post pasado, todo lo maravilloso de esta vida se lo quiero transmitir a mis hijos; salir, leer, viajar.

Cuando era joven no me importaba donde dormía, ni qué tipo de hotel me tocaba, lo importante era llegar al destino y disfrutar los días de descanso en un lugar extraordinario con los amigos. Ahora que soy madre, es diferente, me preocupo por cuál será el destino, qué comeremos, dónde dormirán mis hijos.

Los primeros viajes en familia, fueron muy cuidados sobre todo porque el pequeño era muy pequeño. Pequeño y alérgicoo y muy especial el señorcito. Después, mis muchachos crecieron un poquito más y decidimos invitarlos a la aventura junto con nosotros.

Es decir, en nuestro último viaje, cambiamos los cuidados y el buen hotel, por la aventura y un hostal. Así nos fuimos a Nueva York este verano. Y ha sido una de las experiencias más divertidas que hemos tenido.

Desde que llegamos Bruno observaba todo con mucho detenimiento. Lo primero que vió fue el tipo de huéspedes, jóvenes, extranjeros y sentados en la entrada del lugar. Después observó el lugar; más pequeño, menos cuidado, más viejo. Sólo sonreía y observaba.

En la recepción nos recibieron con la noticia de que el cuarto que habíamos reservado con baño privado, no se había desocupado y preguntaron si no teníamos problema en pasar una noche en habitación sin baño incluido. Obviamente dijimos que no pasaba nada y que nos dieran la habitación que tenían.

Punto dos, Bruno y Memo sabían que tendrían que compartir un baño con más gente. No hubo quejas, más bien les parecía divertido que así fuera. A la mañana siguiente también se dieron cuenta que para bañarse era la misma dinámica. La regadera era vieja y un poco maltratada. De volada Bruno hizo preguntas y observaciones del deterioro del lugar.

En ese momento aproveché para explicarle que en esta vida no todo es perfecto, que todo cuesta -no sólo dinero sino esfuerzo-, que nosotros le damos el valor a las cosas, que hay que ser feliz con lo que tenemos. Y que lo bueno de un viaje no se vive por quedarse en el hotel más lujoso o más caro del destino, sino conocer, experimentar y compartir con los seres queridos.

Ya no les cuento todas las demás aventuras porque nunca terminaría, pero definitivamente fue un viaje lleno de aprendizaje para nosotros como padres y sobre todo para nuestros hijos.

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